febrero 23, 2006

¿Qué hacemos con ellos?

Sin opinar sobre cuando se acaba, si mañana o dentro de unos años, yo, cuando veo algo insostenible, lo considero insostenible. Siendo así, me parece oportuno pensar en el qué hacer con los contrarios, cuando llegue la hora de implementar los resultados de una elección, o se necesite manejar una transición, como la que pueda resultar de una renuncia.

Los verdaderamente fanáticos, quizás unos diez mil, pueden provocar grandes destrozos y constituyen un verdadero problema, que requiere de atención directa por parte de quienes saben de eso.

Los oportunistas, por definición, no presentarán ninguna resistencia al cambio, el cual, por el contrario, debe buscar como resistirse a ellos.

Los indiferentes, los “sólo-me-ocupo-de-lo-mío-día-a-día”, esos que generalmente no votan, pero que normalmente apoyan al gobierno de turno a cuenta del mejor vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, se acomodarán, sin problemas.

Los convencidos, aquéllos que buscaban imponer una transformación social y que están decepcionados, de repente hasta podrán ayudar a realizar los cambios que siguen siendo necesarios.

Pero… y esos dos millones de venezolanos que con sinceridad de fe sembraron sus reservas de esperanzas en quién tan bonito les habló… ¿que rayos hacemos con ellos, y cómo evitamos que su desespero obstaculice encontrar una mejor ruta para el país? Encontrar una respuesta país que les haga querer seguir viviendo, es sin duda el mayor reto de quienes mañana aspiren a gobernar.

El Caracazo anunció con claridad la existencia de una bomba en Venezuela, pero como nadie hizo nada para desactivarla, hizo “poff”, cual triqui-traqui, lo que fue aprovechado por un carismático para llevarnos a donde nunca nos queríamos encontrar. Hoy, cuando necesitamos desmantelar una bomba armada inmensamente más poderosa y lograr mantener vivo a este proyecto país que tenemos, se requiere que todos comencemos por rectificar a fondo nuestras propias fallas como ciudadanos.

O nos vamos por la vía de la indiferencia y dejamos que una masa de compatriotas desilusionados deambulen cual unos sin casta, en cuyo caso Venezuela también seguirá perdida sin rumbo, o les damos ese cariño y esa atención que se merecen. Quién sabe si en la tarea de reparar dos millones de corazones partidos de repente nos topamos con ese gran país del que tanto nos vanagloriamos, pero que, la verdad sea dicha casi siempre, o quizás hasta siempre, sólo logra brillar por su ausencia.

Caracas, El Universal, 23 de Febrero de 2006

febrero 09, 2006

La Revolución Emprendedora

Cuando leí en el Financial Times de Londres los resultados del estudio hecho por Global Entreprenuership Monitor, se me nublaron los ojos al ver que Venezuela rankeaba en un clarísimo primer lugar mundial, en términos de la proporción de personas entre 18 y 64 años que califican como emprendedores empresariales. Venezuela 25%, seguida por Tailandia 21%, con Estados Unidos con un 12%, España, Alemania y Francia con un 6% y Japón relegado al penúltimo lugar con un 2%.

Se me nublaron los ojos, al pensar en donde podríamos estar si esta revolución se hubiese aliado con nuestros emprendedores para rescatar la responsabilidad social que tanta falta le hace al país, en lugar de entramparse en las telaraña de la corrupción, la ineptitud y la de un socialismo primitivo.

Se me nublaron los ojos al pensar en donde estaríamos si en esta revolución, en lugar de seguir la tradición venezolana de los gobernantes de turno de usar los ingresos petroleros para financiar sus propias ocurrencias, los hubiere usado para apoyar las iniciativas de nuestros emprendedores, con educación, infraestructura e instituciones funcionales y creíbles.

Chávez, a estas alturas, ya intuye que no hay manera que pueda llevar al país adonde algunos ilusos quieren que lo lleve, por la sencilla razón de que el país se le muere en el camino. La “conciencia revolucionaria”, aquélla que ni se compra ni se vende, aquélla que según la teoría sería necesaria para lograr transformar el petróleo en energía útil para el país, simplemente no existe suficientemente, ni aquí, ni en ningún lado.

La frustración de Chávez, si le concedemos el beneficio de la duda, es entendible, pero si en lugar de amargarse y desesperarse corre hacia adelante y lanza una contrarrevolución, basado en “la conciencia emprendedora”, de repente consigue su salida, y nosotros la nuestra.

Que Chávez pueda ser un buen vendedor de la iniciativa privada es difícil, pero no imposible, si alcanzara entender que eso no requiere de su conversión al neo-liberalismo. Por ejemplo, pocas políticas públicas podrían impulsar más un modelo de democracia participativa, que la de entregarle los excedentes petroleros directamente al pueblo. Ali Primera, en su Sangueo para el regreso tenía toda la razón cuando sostenía que el pueblo es sabio, y que merece que le saquen a los mercaderes del templo público, quienes al fin y al cabo son los que más disfrutan y manosean la patria, en lugar de amarla.


El Universal, 9 de Febrero del 2006