agosto 15, 2000

La isla de Margarita que yo quiero

Siguiendo con una serie de artículos en donde confieso mis deseos para con la evolución de la economía de Venezuela, hoy le ha tocado el turno a mi querida Isla de Margarita.
Antes que nada, debo declarar que soy un fiel creyente de que el único modelo económico relevante para Venezuela es el que reconoce que el país seguirá recibiendo por muchas más décadas considerables ingresos petroleros, lo cual probablemente mantendrá la cotización del Bolívar fuerte, haciendo de nuestra Venezuela un país relativamente caro - y forzando a Margarita a ser lo que merece ser - una Isla con clase y categoría.
La Isla de Margarita que yo quiero, es una isla que tiene la suficiente confianza en sí misma como para iniciar la búsqueda de un turismo de la más alta categoría, dejando a otros que se encarguen del repele del turismo internacional, que busca precios tan bajos, que no alcanzan ni para ofrecerles una comida decente.
La Isla de Margarita que yo quiero, tiene suficiente poder de convocatoria para exigir que la misma sea servida adecuadamente por las principales líneas aéreas del mundo - hasta tal punto que incluso, de ser necesario, logre redireccionar todos los vuelos internacionales hacia Porlamar. Lo anterior se logra bien mediante incentivos (jet-fuel sin impuestos y al costo para toda aeronave que aterrice en Porlamar) o a la fuerza (línea que no vuele a Porlamar, tampoco va a Caracas).
La Isla de Margarita que yo quiero, conoce que el turismo no especializado no rinde frutos y busca ocupar segmentos del mercado, donde logre crear ventajas comparativas o, como en el caso de Playa El Yaque, donde la naturaleza misma ha señalado como target el segmento del windsurfing.
La Isla de Margarita que yo quiero, tiene suficiente inteligencia como para aprovechar activos tales como el Centro Médico Nueva Esparta (CMNE), que es un lugar ideal para desarrollar una experticia en el cuidado médico de la tercera edad, vía convenios con universidades y grandes empresas especializadas. Una vez alcanzada esta meta, la Isla se adecuaría perfectamente para construir la infraestructura necesaria, que permita acometer planes tan ambiciosos como el de ubicar, durante los seis meses invernales, a decenas de miles de jubilados de los países desarrollados. Esta propuesta no puede considerarse como utópica dentro de las nuevas realidades de geopolítica global.
La Isla de Margarita que yo quiero, le molesta saber que en un mes como Enero del 2000, 54 cruceros anclaron en la Isla de Saint Martin, permitiendo que alrededor de 95.000 pasajeros y de 39.000 tripulantes bajasen a visitar, conocer, comprar, comer, beber y, en general, ayudar a colocar en el mapa turístico mundial, a una isla menos merecedora que Margarita.
La Isla de Margarita que yo quiero, no permite que Venezuela se encuentre asociada a un Caricom, cuando en casi todos los países del Caribe, en sus respectivos mapas turísticos, no aparece ni siquiera mencionada nuestra bella isla.
La Isla de Margarita que yo quiero, no se da por satisfecha con un apoyo turístico oficial, que sólo busca capturar el turismo externo, enviando a los funcionarios de turno a las distintas ferias internacionales. 
La Isla de Margarita que yo quiero, acomete planes promocionales creativos, cónsonos con su clase, tales como, por ejemplo, estableciendo estudios de grabación audiovisual con calidad mundial, que atraigan estrellas de nivel mundial y con ellas, la indispensable cobertura de los medios.
La Isla de Margarita que yo quiero, tiene una dirigencia que no permite que ocurran hechos como la privatización de su sector eléctrico, donde el cheque por US$ 63 millones, que se obtuvo por su venta fue disfrutado (o mejor dicho, despilfarrado) por el gobierno central de Caracas, siendo la única contraprestación recibida por la isla, la de una estructura tarifaria alta, ya que al no contar tampoco con un cable submarino, no puede disfrutar de la económica hidro-electricidad del Guri, de la que en cambio sí va a gozar Brasil.
La Isla de Margarita que yo quiero, sabe que el futuro de sus hijos depende de un esfuerzo conjunto y por lo tanto establece un código turístico que contempla severos castigos a toda infracción que atente en contra de sus objetivos.
La Isla de Margarita que yo quiero, ofrece cursos gratis de idiomas extranjeros a todo residente que así lo desee.
La Isla de Margarita que yo quiero, aplica la actual Ley del Ambiente para obligar a la demolición, a costa del promotor, de toda obra y proyecto inconcluso que afea la Isla.
La Isla de Margarita que yo quiero, no permite que en la ruta hacia su aeropuerto, la marca de cigarrillos más favorecida por su población, promueva destinos distintos y foráneos, como Punta de Cana.
La Isla de Margarita que yo quiero, no permite la creación de nuevos impuestos. La sola excepción sería de conformarse una nueva variante del turismo aventura - el turismo de la evasión fiscal –que otorgaría certificados de evasión a los turistas europeos que se sienten fiscalmente agobiados, quienes además tendrían el aliciente de comprar gasolina a su precio real, sin los 400% de impuesto a que están acostumbrados.
La Isla de Margarita que yo quiero, sabe que debe ser la puerta de entrada a todas las demás ofertas de turismo en Venezuela.
La Isla de Margarita que yo quiero, es capaz de convencer a los venezolanos, de que su desarrollo como Nación, depende del éxito de Margarita.
La Isla de Margarita que yo quiero, es capaz de convencer a los margariteños, de que su desarrollo como pueblo, depende de su propio esfuerzo.
El Universal, Caracas, 15 de agosto de 2000

agosto 07, 2000

La banca local y las normativas globales

Muchos tienen aún presente la última crisis del sector bancario en Venezuela, memoria ésta refrescada gracias al reciente incidente de Cavendes. De allí que la opinión publica exija a la banca, antes que nada, una mayor seguridad en sus colocaciones. Adicionalmente, aparte de que se le preste un servicio eficiente en el manejo operativo de sus fondos y a que eventualmente se le conceda algún crédito al consumo, pocas son las demás expectativas que tiene un cliente normal respecto de su banco.
Es por ello que con frecuencia se olvida en el debate bancario que las dos funciones fundamentales de la banca son la de ser un agente activo en el proceso de generación del crecimiento económico y la de colaborar en la función de democratizar el capital, es decir, de permitir el acceso al capital a aquellas personas o regiones que, aún carentes de recursos, tienen iniciativas y voluntad de trabajo. En Venezuela, hasta hace poco, la aprobación de una licencia bancaria dependía, al menos en teoría, de cómo se pensaba cumplir con tales funciones sociales, sin que la solvencia para devolver el dinero en un futuro pareciera tener mayor relevancia. ¡Cuánto dista esto de ser cierto hoy! 
En términos de dólares constantes de 1982, la cartera total de préstamos de la banca en Venezuela para Diciembre de ese año se situaba alrededor de 16.000 millones de dólares. En Febrero del 2000 se ubica en apenas unos 5.300 millones de dólares – incluyendo los créditos al consumidor. Estas cifras evidencian una verdadera crisis de crecimiento y si bien el reciente proceso de fusiones bancarias en Venezuela puede lograr generar, a nivel de la captación de depósitos, ciertos ahorros operativos, sin embargo, no queda muy claro cómo ha de contribuir a reactivar la economía.
Al meditar sobre lo anterior, considero que también es necesario cuestionar la importación, desde Basilea, de normativas bancarias, más apropiadas para países ya desarrollados, que para países en vías de desarrollo como el nuestro. Muchos de los problemas surgen por el sólo hecho de que como tales disposiciones fueron desarrolladas para ambientes de cierta estabilidad macroeconómica, al transplantarse en países con inflación o volatilidad cambiaria, muchas veces se hacen inoperantes e incluso hasta contraproducentes.
En 1975 John Kenneth Galbraith, en su libro “Dinero, su Origen y Destino”, adelantó la tesis de que una de las razones fundamentales, para que en el siglo pasado se lograra el desarrollo económico del oeste y del sudoeste de los Estados Unidos, era la existencia de una banca agresiva y poco regulada, que con frecuencia quebraba causándole grandes pérdidas a depositantes individuales, pero que, a causa de una ágil y flexible política crediticia, dejaba una estela de desarrollo.
Hoy, al contemplar la recesión que reina en nuestro país y sin hacer en forma alguna una apología de los delitos, que pudieran haber estado presentes, surge la tentación de preguntarse si el país se equivocó al provocar que sus banqueros fugitivos buscasen refugio en otros países, donde gastan su dinero y sus esfuerzos. ¿No hubiera sido preferible haberlos obligado a desarrollar, por ejemplo, el eje Orinoco Apure? 
También es oportuno cuestionar el hecho de que en un país que necesita generar empleos y por lo tanto, préstamos con fines productivos, sin embargo sus normativas estén más orientadas a facilitar el otorgamiento de créditos al consumo. En cuanto a la democratización del capital, el mismo Galbraith indica con sagacidad, que obviamente a menor grado de regulaciones que afecten la actividad bancaria, mayor será la posibilidad de democratizar el capital.
Lo más triste de todo el capítulo de las normativas bancarias es que en verdad los riesgos no sólo persisten sino que a veces, cuando hay fusiones, pueden multiplicarse, por aquello de que “a más grandes, más duro caen”.
Y ya que hablamos de fusiones, no resisto la tentación de hacer un comentario desde una perspectiva global. Una banca local tiene un serio compromiso con su zona de influencia, ya que sencillamente no tiene para dónde coger. Al especular de que el proceso de globalización de la banca criolla se inicio cuando el Banco de los Llanos, de Valle la Pascua, se convirtió en el Banco Principal, de Caracas - observamos que ello no nos sirvió para mucho. ¿Será acaso mejor el proceso que lleva a gerenciar nuestra banca desde Madrid?
El Universal 7 de agosto de 2000
Mucho mas sobre la banca y "La bombAAAtómica de Basilea"