En este momento, todo es blanco o negro. Es un «sí» o un «no». No existe la posibilidad de un «sí más» o un «no menos». Normalmente, cuando alguien se muestra indeciso, se convierte en el blanco de todo tipo de esfuerzos para ganárselo. Actualmente, sin embargo, se le ignora y se le tacha irrevocablemente de enemigo por ambos bandos.
En estas circunstancias, asomarse al debate actual sobre la Constitución resulta arriesgado, a menos que se haga manteniéndose firmemente dentro del tradicional concepto venezolano de «ni uno ni otro, sino todo lo contrario».
En una interesante conferencia de Alberto Rial sobre la competitividad en tiempos de crisis, a la que asistí, se planteó una vez más el eterno conflicto sobre cómo enderezar nuestro camino hacia el futuro. En este sentido —y con el fin de trazar un rumbo adecuado, tal como deseamos hacerlo— sería necesario dejar atrás una serie de valores culturales que podrían conducirnos a la posibilidad de convertirnos en unos «suizos irreversibles», algo que, ciertamente, no deseamos.
Uno de los pocos sectores que ha mostrado una vitalidad increíble en estos tiempos de recesión económica es el de la lotería. Se ha convertido ya en el mercado de capitales más importante del país, hasta el punto de que, probablemente, se haya erigido también en el mayor generador de empleo de la nación, después del sector público consolidado.
Con el fin de estar a la altura de las circunstancias y de hallar soluciones democráticas que se ajusten al marco de nuestra realidad y de nuestros valores nacionales, se me ocurre lo siguiente:
La Ley de la LoteríaParlamentaria
Art. 1 – Del Congreso. El Congreso deberá estar compuesto por 200 miembros, de los cuales 40 —cuyo mandato quinquenal expire— deberán ser renovados cada año el día 19 de abril. Un nuevo grupo de 40 miembros será elegido para sustituirlos.
Art. 2 – De la elección de los miembros del Congreso. La elección de los nuevos miembros del Congreso se realizará mediante un sorteo entre todos los venezolanos que hayan obtenido un título académico superior al de Bachillerato. Asimismo, deberán haber manifestado su deseo de participar y de servir a la Nación como miembros del Congreso, y haber adquirido un boleto con un valor de Bs. 25.000.
Dado que algunas personas podrían cuestionar la seriedad de esta propuesta, me gustaría destacar algunos de sus aspectos más favorables.
Cualquiera que haya estudiado finanzas debería recordar la historia del ciego que lanza dardos contra un tablero en el que están pegados los nombres de todas las acciones que se cotizan en Wall Street. Al invertir en las primeras 100 que acierta, tiene muchas más probabilidades de hacerse rico que alguien que gasta siquiera un dólar buscando el sabio consejo de un banquero sobre la selección de acciones.
Ninguno de los miembros del Congreso que sean seleccionados habrá tenido que invertir ni un solo minuto —ni un solo centavo— en la tarea de cimentar esas relaciones de dependencia y conflicto de intereses que inducen a las autoridades a actuar de un modo que, tan a menudo, perjudica el interés nacional.
La duración limitada del Congreso (cinco años), sin una posibilidad real de volver a ganar la lotería, incentivará a sus miembros a dar lo mejor de sí durante su mandato. Además, el costo del boleto de participación cubrirá los gastos del proceso.
Si adoptáramos este sistema, indudablemente lograríamos una representación mucho mejor de las buenas intenciones del país. Evidentemente —como ocurre con cualquier promedio—, muchos resultarían inútiles; algo que, por cierto, es de lo más habitual en la actualidad. No obstante, aquellos que sí den la talla podrían desempeñar su labor en un entorno mucho más saludable.
Con el sistema propuesto hoy, es perfectamente posible garantizar una selección verdaderamente aleatoria en la que la única mano inocente sea la de Dios.
Por último —y muy a mi pesar—, comprendo que las probabilidades de que esta propuesta llegue a implementarse son muy escasas. La razón de ello es que, en muchos sentidos, la democracia se ha convertido en un negocio; y, en este sentido, todos aquellos que participan en ella —tales como los recaudadores de fondos, los conductores de autobuses que trasladan a la gente a los mítines, los analistas políticos y las agencias de publicidad— se opondrán a la eliminación del sistema electoral tradicional.
Por supuesto, propongo que utilicemos el método de la lotería únicamente en aquellos casos en los que los resultados impliquen que podemos —y debemos— conformarnos con un promedio. En el caso de la Presidencia, por ejemplo —en el que finalmente resulta elegida una sola persona—, existe una ventaja indudable en optar por la vía tradicional y directa de las elecciones.
Al analizar las ventajas del sistema de lotería —tal como lo haría cualquier padre orgulloso—, me convenzo de que sus características democráticas son tales que, sin duda, debe haber más de un ciudadano suizo que esté contemplando la posibilidad de solicitar la ciudadanía venezolana. De manera irreversible.
Traducido por Google del Daily Journal.
